Sin marco. Sin ataduras. Sin dogmas. Sin nada que me encierre. Así es mi pintura más libre, aquella en la que me olvido de mí para ser otro. El pincel danza solo, guiado por impulsos que no explico. No busco complacer ojos ajenos; pinto para sanar heridas invisibles, para gritar silencios que nadie oye. Mis manos se vuelven ajenas, guiadas por algo más grande, más salvaje. Y en ese olvido, me encuentro. Cada pincelada me libera un poco más, hasta que el cuadro respira solo, vivo, sin dueño.